De futbolista frustrado a periodista groupie
“Todo periodista deportivo es un futbolista frustrado”.
No le voy a atribuir la frase a nadie, porque la mayoría de quienes estamos en este medio la hemos pronunciado al menos una vez. Para algunos, esa premisa cumple su realidad, y nos hemos resignado a patear una pelota “a nivel profesional” únicamente cuando estamos presenciando el entrenamiento de un equipo al que estamos cubriendo.
En lo personal, mis aptitudes para ser futbolista nunca fueron superiores a una u otra buena atajada en el equipo dominguero de la empresa. Obvio, desde pequeño me ubicaban como arquero porque mi calidad como regateador era limitada.
Bastante limitada.
Sin embargo, he disfrutado este lado del espectro. Desde la sala de prensa no me someto a las críticas de los medios de comunicación por la oportunidad de gol que desperdicié en frente del arco, en el último minuto del partido, en la final de un Mundial, que le costó millones a mis patrocinadores, y que le dolió a todo un país que me maldijo sin piedad.
De todo lo anterior los periodistas somos responsables, al menos por darle un canal a este incontenible comportamiento colectivo que exacerba a cualquiera. Un comportamiento que irá acompañando paralelamente la vida de este desdichado jugador que “se comió” el gol.
Opinar de todo sin saber de nada

Es evidente que el periodismo deportivo actual se ha convertido en una vitrina para “opinar de todo sin saber de nada”, marginando el análisis, la investigación y el contar historias. Pero más allá de ello, hay un aspecto que en lo personal me parece aberrante: los groupies en el periodismo deportivo.
Desafortunado resulta leer titulares como “La maravillosa jugada de Junior que tiene a todos con la boca abierta”, o “Pésima presentación del Club Amarillo FC en su debut en casa”, o “Clarísimo gol que el árbitro no vio”. Aclaro que estos títulos existen, y no son de columnas de opinión o de análisis donde su uso sería adecuado, pero la manera superflua en que estos y más superlativos aparecen en los textos noticiosos, no solamente ridiculizan al medio/periodista, sino que predisponen a la audiencia y le obligan a tomar partido.

Incluso hay quienes juzgan las decisiones laborales de un profesional con afirmaciones como “Gonzalo González le dice adiós a su carrera fichando por el fútbol chino”, o “¡Por fin! Pedro Pérez ya tiene nuevo equipo”, y lo que es peor “El goleador de la selección toma la peor decisión de su carrera”. De nuevo, si estos títulos encabezaran columnas de opinión, ojalá y estén sustentadas por un análisis cualitativo del porqué el nuevo equipo afectará el desempeño de la carrera del futbolista.
Sin embargo, es habitual encontrar este tipo de titulares en noticias o artículos que se disfrazan como tal. La realidad es que quizás un titular diferente no venda lo mismo, mermando así la ráfaga de clics que vienen con los ejemplos anteriores.
Basta con repasar las cuentas de Twitter de algunos de los periodistas más reconocidos –especialmente en televisión- para encontrarse con mensajes dignos de un melodrama. Tuits que parecen declaraciones de amor hacia uno o más jugadores y en los cuales estos periodistas rompen en llanto cada vez que el capitán de su selección se lesiona.

Todo esto se ve reflejado en el contenido que sale para el consumo del público.
En estos casos, generalmente, los periodistas se consideran amigos del jugador; lo cual no quiere decir que el jugador sea amigo del periodista.
No critico a quienes se ganan la confianza del jugador, porque de ahí es que parten las mejores investigaciones, historias o reportajes. Pero, una cosa es aprovechar la relación profesional que se tiene con el deportista, y otra muy distinta parecer su amante por redes sociales.
Estos groupies del periodismo deportivo hieren a la profesión y de paso solidifican una disparidad entre ser aficionado y periodista. Esa diferenciación entre lo uno y lo otro es tan importante como lo ha sido la separación entre Iglesia y Estado.
La línea gris del periodismo deportivo

Nadie puede obligar a alguien más a no sentir cariño por una persona, un equipo o una institución. Y en el caso del periodista deportivo hay una línea delgada, y a veces peligrosa, que se cruza mezclando su interés por un color y su profesión.
Es comprensible que se considere un despropósito cuando un periodista expresa su admiración por una camiseta, pero del mismo modo es imposible no sentir una afiliación cuando esta existe desde que éramos niños y pateábamos una pelota en el barrio. Personalmente, nunca he negado mi afición por el América de Cali (lo se, desdichado soy), pero tampoco he permitido que se interponga en mi credibilidad como profesional y respeto por mi carrera.
No estoy en contra de desearle lo mejor a un jugador cuando cambia de equipo o de criticar su decisión, siempre y cuando hayan fundamentos futbolísticos que valgan la pena debatir. Pero no estoy de acuerdo con enviar mensajes donde se quiere demostrar una potencial amistad, o en los que se enaltece al deportista con frases populistas y que polarizan a la audiencia.
“Es el triunfo de todo un país”
Celebrar los logros de un compatriota no tiene nada de malo, pero explotar el hecho con tuits y noticias que recluten seguidores o fanfarrones que incurran en el matoneo, es una práctica poco profesional.

Si su atleta favorito obtiene una medalla de oro en los Juegos Olímpicos, ese es un logro de esa persona y de su equipo de trabajo únicamente, y no de todo un país, aunque ese deportista esté representando una bandera. Como periodista, su labor debería estar restringida a informar, poner en contexto, analizar el significado de ese logro para el atleta y para el deporte que practica, e incluso profundizar en el camino que recorrió dicha persona hasta conquistar la presea.
Es imperioso darle herramientas a la audiencia sobre por qué X o Y decisión beneficia o afecta la carrera de un deportista, sin importar en qué liga de fútbol o en qué rincón del mundo va a ejercer su profesión. La opinión es importante en un periodista deportivo, pero no siempre este tiene el contexto completo para dar un veredicto de peso.
Un cambio drástico en este aspecto es necesario en el periodismo deportivo, pero no puede venir únicamente por parte de los periodistas. Sus jefes, dueños de medios y editores tienen una mayor responsabilidad para controlar la calidad del contenido que sale publicado, sobretodo en medios digitales.
En una industria en donde el clic significa ingresos es más fácil escribir reclamos públicos como estos que ejecutar una propuesta, pero es necesario tomar partido. Igualmente significativo resulta evocar que todos en un principio fuimos futbolistas frustrados, para no quedarnos como aficionados fracasados.